Titulo: RÍOS
Por Delfín Montañana

Durante los últimos seis años, Eniac Martínez ha recorrido los principales cauces de agua de nuestro país. A través de su lente nos invita a observar la compleja realidad en la que conviven diversos grupos humanos con el agua. En esta ocasión, su periplo fotográfico nos brinda una visión del contexto socioambiental del agua y su flujo; asimismo, nos permite conocer a través de su mirada la interacción entre el ser humano y ésta.

El libro que tienes en tus manos constituye la expresión más reciente de una constante en su trabajo: el transitar por lugares en la búsqueda de un camino que le permita construir una nueva narrativa en común al compartir con nosotros su visión de lo que actualmente impera. Este mismo es el filamento que hilvana sus proyectos anteriores: Mixtecos, Litorales y Camino real de tierra adentro.

Ahora son los ríos los que marcan la dirección de su andar. Son los flujos terrestres los que nos revelan a través de su mirada un sin número de contextos, todos ellos relacionados con un elemento: el agua. El trabajo muestra su relación primigenia con la humanidad, así mismo nos lleva a cuestionarnos el por qué si el agua es origen de vida y abundancia, en nuestro país, cuando entra en relación con la condición humana, también representa el contenedor y vehículo de grandes injusticias.

El conjunto de fotografías que aquí se presentan retratan el estado actual con respecto al tema. Si bien, desde tiempos inmemoriales, ha dado estructura al entorno en el que se encuentra, también resulta en nuestros días un sinónimo de conflicto. Pareciera que todo lugar en donde ponemos la mirada -como patrón constante en la determinación del espacio que nos rodea y de las construcciones sociales que, como humanidad hemos desarrollado- padece de un sistema de relaciones de escasez.

Este es el tema fundamental, porque en los ríos se encuentra el cimiento de nuestra civilización; de esta manera, el agua es origen de lo que consideramos sagrado y a la vez en la actualidad es nada. Al final, en cada reflejo del agua se asoma la voluntad humana.

¿Qué es el agua?

El agua es el factor determinante de la vida en nuestro planeta. De múltiples maneras siempre está presente en nuestra vida cotidiana; figura como una de las más grandes fuentes de gozo y en contraposición, debido a su escasez, se convierte en el principal factor limitante de nuestra supervivencia.

Es el compuesto más abundante en el planeta Tierra, ya que cubre alrededor del 70 por ciento de su superficie. Sin embargo, para la humanidad, es un recurso limitado ya que sólo el 3% es dulce y de ésta, menos del 0.6% está disponible para nuestro consumo. Así mismo, es el principal constituyente de los organismos vivos, siendo aproximadamente entre el 65 y el 95 por ciento de su peso.

Uno de los aspectos más notables es el de su composición química. Su molécula está formada por un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno, que cuando se unen forman una molécula polar integrada por una carga eléctrica positiva en el extremo del oxígeno y una carga negativa en el extremo de los hidrógenos. Dicha polaridad hace que el agua forme puentes de hidrógeno, que son las fuerzas de atracción mutua que mantienen juntas a las moléculas de éstos dos gases, para formar una substancia líquida.

Conocida como el solvente universal, el agua permite que una gran cantidad de otras substancias sean disueltas en su interior. De esta manera, da estructura a la mayoría de las reacciones químicas que suceden en el planeta.

El agua como elemento estructurador del planeta y de la vida en la Tierra

La historia de la formación de un lugar depende de su relación con el agua. En un inicio, la superficie de la Tierra se deriva del movimiento de grandes masas de tierra que se desplazan para configurar montañas, volcanes, valles, lomas y mesetas; a través de la lluvia, el agua cambia su forma, y con el transcurso del tiempo da lugar a ríos, cañones, ciénagas, deltas y planicies sedimentarias. Es así que su flujo da forma al lienzo terrestre generando una gran diversidad de ambientes en el planeta.

Como consecuencia de la interacción entre el territorio y el agua, las diversas especies se asientan en distintos lugares, siempre en relación con cuatro factores: la altitud, el tipo de suelo, la temperatura y la cantidad de agua. Una de las características principales de la historia evolutiva de los organismos vivos es la capacidad de adaptarse a distintas condiciones, de las cuales, la abundancia o escasez del líquidos resultan de las más determinantes. La humanidad, no siendo diferente a los demás seres vivos, también ha decidido los lugares para establecer sus comunidades en relación al agua, lo que ha determinado que, en su gran mayoría, los asentamientos humanos se establezcan cerca de sus cuerpos o cauces.

Es así que funge como una substancia que brinda estructura al mundo que conocemos, de su relación deriva la forma del territorio, así como la distribución de especies, la humana incluida. El agua, siguiendo a la gravedad, siempre fluye pendiente abajo desde las más altas cimas hasta terminar, en la mayoría de los casos, en el mar. A su paso deja nutrientes e hidratación para el suelo y sus culturas. En su fluir, conecta grandes territorios y funciona como el cohesionador de la vida a lo largo de los más diversos ambientes.

Los ríos y el agua como elementos fundacionales de las culturas originales de nuestro territorio.

La humanidad, desde sus orígenes ha reconocido la importancia del agua y la ha estudiado de manera extensiva hasta nuestros días. Este interés por conocer, ha llevado a la civilización humana a encontrar agua en lugares sorprendentes dentro de la fracción del universo que ha alcanzado a explorar. Si bien, no es un elemento exclusivo del planeta Tierra, hasta ahora sabemos que es sólo en este lugar donde encuentra las condiciones para generar vida; de esta manera, toda la vida en la Tierra ha podido desarrollarse y evolucionar en relación a esta substancia.

Dentro de esta interacción Humano-Agua, nuestra especie ha entendido cómo aprovechar al máximo las bondades que el planeta nos brinda. Desde el inicio, el agua, constituyó el hilo que teje y consolida las distintas formas de entendimiento que la humanidad ha creado en relación al mundo que habita.

En el mundo existen ocho regiones consideradas como centros de origen y diversidad de plantas domesticadas. Todos estos centros emergieron en torno y en relación al agua en cuatro de los cinco continentes del planeta, México es uno de ellos. Estos nodos de diversidad coinciden con los lugares en donde las llamadas civilizaciones fluviales dieron aliento a las culturas originarias que posteriormente dispersarían su conocimiento a nivel planetario.

Al final, las culturas en su amplia diversidad son reflejo y producto del lugar en el que emergen; todas únicas y distintas pero, a su vez, todas diseños culturales que de su origen son. Así, la cultura es natural al lugar como una forma más en que la vida expresa su existir.

El agua siempre representó un elemento sagrado al que las culturas antiguas rendían su respeto y consideración. Son muchos los nombres con los que ha sido llamada: Enki, para los sumerios, era un símbolo de sabiduría; Ea, para los babilónicos, gobernaba el mundo del caos antes de la creación; Oceanus, para los griegos, hijo de Gaia (la madre tierra) y Urano (el cielo), contenía el lugar a donde todas las aguas se dirigen y a su vez era contenido por todo aquello que existía sobre la faz de la tierra. En China, lleva en sus cuatro principales ríos el nombre de los cuatro grandes reyes Dragón que sostenían los cuatro puntos cardinales y la gobernanza de los vientos y el agua. Bajo el nombre Maorí de Wai, simboliza la memoria de todo lo que ha sido y de todo lo que será, conteniendo así, todo lo que la creación alcanza.

En Mesoamérica, el origen no es distinto: llamada Tláloc para los aztecas o Chaac para los mayas, el agua contaba con tantos nombres como lenguas indígenas llegaron a existir en esta región del planeta. Tláloc contaba con al menos 26 diferentes advocaciones, todas relacionadas con alguna de las diversas naturalezas, formas o funciones del agua. Era la deidad principal bajo una adoración culturalmente obsesiva; su sagrada esencia constituía la mayor proporción de todos los seres y de esta manera, por así decirlo, divinificaba todo lo vivo.

Registro del contexto socioambiental del agua a lo largo de su flujo.

Aunque la relación que la humanidad ha tenido con el agua se ha transformado infinidad de veces, siempre ha emergido desde lo sagrado; sin embargo, nuestra visión de modernidad parece distanciarse de esta noción. Miles son los lugares en donde se hace patente una relación casi esquizofrénica, ya que, aunque se caractericen por su abundancia, la realidad imperante en la vida de sus habitantes se rige en torno a su escasez.

Por otro lado, la humanidad también ha desarrollado entornos dignos de celebrar la vida. Durante miles de años hemos habitado lugares donde la abundancia y la diversidad de formas de vida eran la costumbre, todos estos tenían peculiares formas de relacionarse respetuosamente con el agua. Estos tiempos distantes siguen expresándose en la actualidad en ritos, celebraciones y festividades presentes en diversos pueblos de nuestro país.

Como ejemplo de lo anterior están dos fotografías: la del grupo de niños que felizmente juega a hacer caras frente a la cámara y la de la chica que entre los juncos se enjabona para limpiarse en el río. Ambas imágenes fueron tomadas en la comunidad de Santiago Tepezcolula en la región Chinanteca de la Sierra de Juárez, en el estado de Oaxaca.

Esta comunidad indígena mantiene una identidad propia y las costumbres que de ésta derivan todavía están en contacto con el entorno en el que viven. Para llegar a este lugar hay que caminar por más de nueve horas atravesando montañas, numerosos ríos y puentes colgantes y de concreto, como los que se aprecian en las imágenes. En el trayecto, mientras se atraviesa un antiguo bosque mesófilo, se puede tomar el agua fresca de varios manantiales que de éste emergen. El agua sana y cristalina, lejos de ser insípida ofrece un toque especial, sutil al gusto, que deriva de las características del bosque que la filtra.

Numerosos son los lugares donde la relación con el agua se mantiene prístina, localidades en donde ésta alimenta el espíritu cultural y nutre al sistema vivo, del cual la humanidad es parte. Sin embargo, también abundan los sitios en que la conexión con el pasado se encuentra fragmentada y donde la dimensión humana, en miras del progreso, deteriora el entorno y la calidad de la vida en el lugar.

La situación que sucede en la región Yaqui es un claro ejemplo de lo anterior. El agua del río Yaqui es dividida en dos superficies: la del Valle del Yaqui, amplia zona agroindustrial, y la que pertenece a la Nación Yaqui, territorio de propiedad comunitaria heredado por centurias a los actuales miembros del pueblo Yaqui. Esta cultura, que de origen habita en ese lugar y que también explica a través del agua su propio pasado, en la actualidad no goza del mismo acceso que los sistemas privados de producción agrícola de la zona del Valle, siendo así, que el ochenta por ciento se destina al Valle, y sólo el veinte por ciento restante llega a la Nación Yaqui.

La presa Álvaro Obregón, llamada lago Oviáchic, fue construida entre el final de la década de los años 40 y el inicio de los 50 del siglo pasado. Es una de las tres presas que a lo largo de más de 554 km de recorrido, interrumpen el ritmo natural del río Yaqui, principal afluente del estado de Sonora. Con un propósito meramente productivo se destinó esta gran obra de infraestructura a la generación de energía y al riego de las 450 mil hectáreas que constituyen una de las zonas de mayor producción de trigo y hortaliza del país.

Esta zona semidesértica, antiguamente cubierta de mezquitales, se encuentra ahora trastocada por el empuje de la industria alimentaria. Dentro de este esquema se ha dejado completamente de lado a los ocho pueblos y a su cultura originaria, aquella que dio nombre al río y que actualmente se mantiene en lucha por el agua que durante miles de años les ha permitido alimentar a sus habitantes y saciar su sed en este agreste territorio.

El agua es el elemento que plantea la posibilidad cultural alrededor del mundo. Es así que las culturas, como la vida misma, emergen de ella. Más que nunca antes, nuestro futuro depende de la calidad de las relaciones que construyamos con nuestro entorno; nada más vital que la que mantenemos con el agua que nos rodea. El agua es la puerta al futuro y de la forma en que abramos dicha puerta, dependerá si podremos transitarla desde la conciencia o si seguiremos actuando desde la violencia para determinar nuestra subsistencia.

Para ello, conviene voltear la mirada y enfocar nuestras acciones a esa forma en que la dimensión humana emerge en gozo ante el contacto con el agua. Tal como pasa en el estado de Tabasco, en donde la captura de jaiba es posible en los mismos manglares en donde un niño baja de su piragua para guarecerse del sol entre las raíces del mangle. Es ese mismo ambiente creado por su flujo, el que propicia que las familias del pueblo de Santo Domingo, en las cercanías del río Suchiapa, se congreguen para compartir la cerveza, nadar, retozar en el agua y pasar el día, dejando que el río los recree en una sana convivencia.

En la villa de pescadores asentada en la isla de Mexcaltitlan, en el estado de Nayarit, se comulga con lo sagrado en embarcaciones sobre el río San Pedro, durante la fiesta de sus dos santos patronos: San Pedro y San Pablo. Conocida como la Venecia mexicana, es el mismo lugar de donde los locales aseguran partió la migración mexica, que después encontraría la tierra prometida en donde fundar Tenochtitlan. En este pintoresco pueblo, con techos de dos aguas y calles adaptadas a las crecidas anuales de la laguna que durante la época de lluvias son transitadas por canoas, la comunidad se reúne cada 29 de junio, para recibir la bendición del agua y celebrar a sus patronos.

A las orillas de la isla se forman dos equipos: uno para cada santo patrono; los cuales durante la contienda navegarán en canoas alrededor de la isla para encontrar al equipo más rápido que, en una carrera contra el tiempo, pedirá por un año más de buen clima y abundancia para la región. Así, tras la gesta, acompañados de música la alegría moja a todos; ninguno puede eludir la tentación de empapar a los demás, por lo que nadie sale seco del lugar.

El agua, como eterno vehículo de transporte de nutrientes hacia el mar también es testigo del trasiego humano que sus cauces cruza. En las imágenes tomadas en el río Suchiate, en Ciudad Hidalgo y Ciudad Talismán, en el estado de Chiapas, y Ciudad Tecún Umán en Guatemala, se observa el intenso ir y venir de personas y productos; el flujo humano, tan constante como el río que atraviesa nunca se detiene. Se estima, según cifras oficiales, que en la frontera entre ambos países cruzan 192 mil personas al año, sin embargo, las estimaciones de organizaciones que trabajan con migrantes ascienden este número hasta 400 mil personas.

Así, el cruce del río se da de tres formas: la vía terrestre, hecha a través del puente en vehículos automotores o en los triciclos de carga que van para regresar incansablemente de un lado al otro de la línea divisoria; la acuática, en balsas improvisadas con cámaras de llanta y tablones, sobre los cuales se lleva a cabo el acarreo; y la pedestre, para los que no les queda otra mas que cruzar a pie cargando con hijos, mercancías y posesiones, intentando en la medida de lo posible, alejarlos del agua.

Este punto de cruce representa para muchos migrantes, el inicio de la espinosa travesía por el territorio mexicano para poder llegar hasta los Estados Unidos. Así, un arco de flores entre las banderas de estas naciones se postra sobre el río, como una petición para que la buenaventura bendiga los pasos y el bienestar de los viajeros. Asimismo, desde temprano, ya se han colocado los fotógrafos que, ávidos de clientes, ofrecen como recuerdo del cruce, una fotografía adornada con caballos de utilería y la imagen de alguna ciudad estadounidense como una manera de pedir las promesas que no se sabe si existirán.

Las huellas sobre el fango, que ha dejado al descubierto la ausencia de agua, nos llaman a tomar conciencia sobre el impacto que tenemos en los ecosistemas. Esta imagen del Lago de Chapala, junto con aquella en la que se ve a una mujer parada en el lecho lacustre, hablan por sí solas de la constante pérdida de humedales. Chapala es el cuerpo de agua natural más grande del país. Aunado a lo anterior, está catalogado dentro de la lista del Convenio de Ramsar por su importancia internacional como hábitat de aves acuáticas y lugar de descanso para aves migratorias. La mujer de la fotografía está de pie en donde hace tan sólo tres años había tres metros de profundidad del cuerpo de agua. En este periodo el borde del lago se ha recorrido más de 300 metros, dejando el suelo desnudo.

Los muelles se están secando y con ellos nuestra cultura, dice Eniac Martínez, cuando se refiere a este lugar que los españoles creyeron un mar, debido a que, por sus 80 km de longitud, presenta oleaje. El río Lerma, el más largo de los ríos interiores del país, desemboca en el Lago de Chapala; en su recorrido atraviesa los estados de México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco. En su cauce son vertidos tanto los deshechos industriales de las ciudades de Toluca y Salamanca, como los domiciliares de la gran mayoría de las poblaciones a su paso. No obstante, el Lago de Chapala es el principal abastecedor del líquido para la ciudad de Guadalajara, satisfaciendo hasta un sesenta por ciento de la demanda.

Del mismo Lago de Chapala emerge el río Grande de Santiago, el cual, después de cruzar Jalisco y Nayarit desemboca en el Océano Pacífico. En su recorrido pasa por el norte de la ciudad de Guadalajara, de la que recibe la mayor parte de su residuos industriales y de drenaje. Tan sólo a 15 kilómetros se encuentra la cascada de El Salto de Juanacatlán que se encuentra en los limites de los municipios con los mismos nombres. Con forma en herradura, 20 metros de caída y 160 metros de largo, hay antiguas referencias del lugar que lo describen como algo excepcional, lleno de belleza y tranquilidad.

Las imágenes tomadas en El Salto plantean un paisaje surreal. La espuma densa generada por la caída del agua es levantada por el viento y dispersada por todo al rededor. Eniac cuenta que encontró la manera de llegar a la parte baja de la cascada y que, después de una hora de estar tomando fotos en el lugar, empezó a sentirse mal; a estos malestares les siguieron tres días de fiebre, derivados de la inhalación de metano que satura el aire en el lugar. En sus palabras: El Salto es la cascada que huele a muerte.

Este sitio tiene registro de un niño fallecido por intoxicación de arsénico después de haber caído al río. Catalogado como uno de los ríos mas contaminados del mundo, la cifra de decesos alcanza las 320 personas en los últimos cinco años; los casos de cáncer y de enfermedades respiratorias han aumentado vertiginosamente en este periodo. Según datos de diversas organizaciones: el suelo, el aire, el agua y los alimentos constituyen las principales vías de exposición a sustancias tóxicas para los habitantes de las comunidades asentadas a menos de cinco kilómetros de distancia.

El agua del río Grande de Santiago tiene presencia de múltiples contaminantes como: bario, cromo, cadmio, arsénico, plomo, cianuro, hierro, zinc, mercurio, aluminio y níquel, todos fuertes carcinogénicos que sobrepasan los límites máximos permitidos por la ley, y por los cuales ya no hay registro de peces en el lugar. En los centros de salud de las comunidades de El Salto y Juanacatlán, aun cuando se encuentran permanentemente saturados, no hay registros de morbilidad relacionados con el agua, se cuenta solamente con los penosos datos de mortandad.

Es claro que, como sociedad, algo habremos de estar haciendo mal. Actualmente el 70 por ciento de los ríos del país tienen algún grado de contaminación y tres de cada diez, están descritos como extremadamente tóxicos. Cada año, según datos oficiales, son vertidos más de 13 mil 600 millones de metros cúbicos de residuos domiciliares e industriales en los ríos del país, de los cuales, sólo reciben algún nivel de tratamiento el 40.5 por ciento de los primeros y apenas un 16 por ciento de los segundos.

Derivado de esto, los cauces de agua presentan, además de los químicos disueltos, bajas concentraciones de oxígeno, amplias fluctuaciones en el pH y un acelerado crecimiento de algas y bacterias, al grado que éstas últimas terminan por ocupar la totalidad de la columna de agua, imposibilitando así la supervivencia de las especies acuáticas originarias.

Un ejemplo de lo anterior se encuentra en la superficie de apariencia casi sólida y de color blanco verduzco que domina el río San Pedro en Aguascalientes, en donde se observa el efecto visual de grandes rocas que parecieran flotar en la densa superficie del agua. El río San Pedro es el principal afluente de la entidad, nace en la Sierra de San Pedro, en el estado de Zacatecas, posteriormente atraviesa el estado de Aguascalientes de norte a sur, recorriendo 90 kilómetros hasta volverse un afluente del Río Grande de Santiago en el estado de Jalisco. No sobra decir que sus aguas se encuentran saturadas de detergentes y coliformes fecales, también están disueltas altas concentraciones de aluminio, fierro, plomo, cinc, arsénico, cobre, manganeso y cromo, todos peligrosamente tóxicos.

Este río no está exento de la suerte que corren sus demás congéneres, ya que en nuestro país, de manera sistemática hemos conectado la lluvia y los ríos con las aguas negras. También el río San Pedro es utilizado como una extensión del sistema de drenaje de las ciudades y pueblos por los que pasa en su trayecto. Así, el modelo imperante con el que diseñamos el entorno, determina el uso de los flujos naturales en la medida de su aprovechamiento, fragmentación e interrupción, siempre en pro del beneficio de algunas personas.

Aunque existe un amplio contraste en el resultado final que tiene la implementación de este modelo de diseño, uno de los efectos comunes se traduce en un drástico cambio en el color del agua; así, la humanidad ha logrado eliminar una de sus más asombrosas cualidades: su transparencia.

En las imágenes del río Coatzacoalcos, podemos ver cómo los derrames de petróleo tornan iridiscentes las aguas y cómo es necesario prohibir el paso para evitar el contacto con el agua a todo aquel que no cuente con una indumentaria que le cubra de pies a cabeza. De manera similar, en el río Sabinal en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, no es posible ver el brillo en la superficie del agua por la espesa cobertura de basura plástica y espuma que en ella flota.

La presa San José, sobre el río Santiago, al noreste de la ciudad de San Luis Potosí, fue construida a principios del siglo pasado con el fin de abastecer de agua a los habitantes de la ciudad, dadas las condiciones de escasez que prevalecen en la zona. En la actualidad, como se puede observar, el río Santiago apenas persiste reducido a un famélico hilo de agua.

Es así que a todo lo largo y ancho del país el desarrollo de embalses ha asegurado, aunque sea de manera temporal, el suministro de agua y energía a la gran mayoría de las ciudades. Si bien, en cierta medida, los diques logran su propósito, también representan la muerte del río, destruyendo el sistema vivo que éste implica. Al interrumpir su corriente, también se imposibilita el flujo de nutrientes que lleva, ya que dichos flujos no sólo ocurren en la misma dirección que la corriente, sino que también existen los que movilizan nutrientes en dirección opuesta, de los cuales dependen los ecosistemas que se sitúan río arriba. De esta manera, con la construcción de una presa de grandes dimensiones se detiene el abastecimiento de nutrientes tanto para la parte alta, como para la parte baja de una cuenca

Así, como sociedad, nos postramos ante una realidad difícil de entender, que querámoslo o no, ha derivado de las decisiones que como especie hemos tomado, cuyo resultado patente ha devenido en la exacerbación de los extremos: la profunda escasez o la incontrolable abundancia. Para tener la posibilidad de decidir de manera distinta, necesitamos que como humanidad cambiemos nuestra relación con el agua. Para ello, sólo hace falta la más difícil de las tareas: que empecemos a pensar de forma diferente.

Reflejo de estos extremos son, por un lado, el cuerpo muerto de una vaca que yace en el lecho seco del Río Bravo en Ojinahua, Chihuahua, y por el otro, el automóvil doblado y carcomido por las toneladas de fuerza que trajo consigo el agua cuando el río Huacapa desbordó de su cauce en Chilpancingo, Guerrero. Ambas, imágenes desoladoras, indican sin lugar a dudas, que la vía del control y dominio sobre el agua, parece no ser la mejor de las opciones.

Los desastres naturales, como los sucedidos como consecuencia del desbordamiento de los ríos Huacapa, y Santa Catarina, en las ciudades de Chilpancingo y Monterrey respectivamente, ponen al descubierto que las teorías de desarrollo y de manejo del territorio que actualmente operan dentro de las políticas públicas, ponen en riesgo a los habitantes de las ciudades. Las escenas de destrucción que deja a su paso un torrente embravecido dejarán de ser una constante en la época de lluvias, cuando la dinámica del desarrollo urbano deje de lado la construcción de infraestructura gris al servicio de los intereses financieros. Así dejaremos de construir ciudades que resultan en la ruina y desgracia de sus pobladores ante la destrucción de sus hogares.

En contraparte, podemos empezar centrando el diseño de nuestros asentamientos en una visión de cuenca, donde el manejo y administración del territorio derive del entendimiento profundo del lugar y de sus flujos naturales, y no de un simple análisis de sitio hecho desde un gabinete, como es la práctica actual. Entonces, y sólo entonces, dejaremos de usar tubos con diámetros más grandes que la altura de una persona, como los que se ven en el lecho del río Santiago en Chihuahua, y empezaremos a propiciar el desarrollo de los ecosistemas riparios locales, como naturales contenedores de las fluctuaciones de los ríos en los que crecen.

El actual modelo de manejo y determinación del entorno es el que entuba, redirige y encausa lo natural. Esta visión tiene muchos matices, uno de ellos es el que se observa en la imagen del camión que transita por el cauce seco de lo que anteriormente solía ser el río Yaqui; es aquí donde la fotografía es un fiel registro de nuestra visión del mundo, que en cierta manera está tan rota, como el parabrisas por el que vemos lo vivo. Absurdo en su concepción, se observa otro camión que riega la vegetación donde antes corría el agua; en la misma zona, un hombre en cuclillas observa las plantas y se postra frente al cauce de abundancia que solía ser el flujo de agua más importante de la región.

El agua como origen y final. Una nueva dimensión humana en relación al agua.

Aunque pareciera que sólo nos bastaron unos cuantos años para poner en jaque los complejos sistemas vivos que al planeta Tierra le tomó miles de millones de años construir, es evidente que si logramos trascender este estado de languidez mental que nos hemos impuesto, podremos vislumbrar un futuro diferente. Lo cierto es que nuestra realidad sólo puede ser transformada desde un aspecto en particular: cada decisión que tomemos en el momento presente.

Para ello, habremos de empezar por luchar contra nuestros propios hábitos diarios, así lograremos llevarnos más allá de esta construcción de lo cotidiano que, de manera obsesiva, nos hemos creído. Tenemos que escuchar y dar voz a las múltiples luchas que, en relación al agua, recorren el país en la actualidad, siempre en la medida de seguir cuestionando los supuestos que sustentan el modelo civilizatorio imperante.

La propuesta está en iniciar un nuevo proceso de entendimiento compartido acerca del lugar que habitamos, en el cual participemos todos. Para ello, necesitamos volver a escribir la narración que nos identifica como iguales, como oriundos todos de este lugar. Una narración que es capaz de conectarnos a todos, que nos permite ser parte de esta singular forma en que la vida emergió en nuestro territorio.

Cuando el agua es tratada de buena manera produce de forma casi instantánea una sensación de gozo revitalizando a las personas. Así lo podemos ver en las muchachas que saltan en una cama elástica puesta sobre el agua, en el río Grijalva, en Chicoasén, Chiapas; o en la imagen donde las luces de fuegos artificiales transforman la noche de celebración en Chiapa de Corzo, Chiapas.

El agua, gran transformador del espacio, nos permite conectarnos con lo que nos rodea de una forma distinta. Las imágenes de celebración que suceden en el río Bravo, en la ciudad de Reynosa Tamaulipas, hablan de ello. En esta ciudad se realizan las fiestas de la Virgen de la Candelaria. A la Virgen de la Candelaria se le conoce como la Reina de los migrantes; por ello, la celebración anual se presenta ante los pasos de aquellos que, determinados a cruzar la frontera se aventuran a atravesar nuestro país. Pareciera que el símbolo de lo sagrado se mantiene firme y se postra en el río y recibe a todos los que piden se les conceda llegar con bien a su destino. Ahí, la Virgen, es testigo y guarda los recuerdos en las marcas que el río ha dejado en la alfombra con que le adornan.

Como alguna antigua creencia explica, en el agua están guardadas todas las posibilidades de este universo, por eso siempre está conectada con lo más puro. Tal vez ahí, también encontraremos la urgente transformación de la dimensión humana en una sola visión de especie a nivel planetario. En otras palabras, en el agua está la respuesta, y el agua es el vínculo que posibilita la migración de una antropocéntrica visión del quehacer humano hacia una nueva ética de lo vivo.

Como el muchacho acostado en el muelle a las orillas del río Grijalva, en Chiapa de Corzo, y la muchacha que nada desnuda en la gruta de El Chorreadero, ambos en el estado de Chiapas, como los niños que disfrutan jugando en la Laguna de Chapala, como los jóvenes que saltan y los señores que pescan en el río Bravo, o como la mujer que recargada en un tronco caído se remoja en las aguas del río Los Perros, en el estado de Oaxaca; ojalá y todos, como ellos, encontremos la forma en que, como nación logremos descansar, limpiarnos, recrearnos y alimentarnos, siempre en torno al agua.

Éste es el intento y a lo que le apostamos. Así, este libro pone en nuestras manos las imágenes que retratan las vivencias diarias de miles de personas en nuestro país. Constituye una apuesta a visibilizar en imágenes el espectáculo de la realidad, para tomar conciencia y poder crear una actualidad distinta.